AGROBIOINSUMOS EN MÉXICO

ESCRITO POR MARCEL MORALES

Los bioinsumos para la agricultura han adquirido una importancia cada vez mayor en los últimos años. El mercado global de estos bioinsumos es del orden de 15 mil millones de dólares, y se espera que llegue a 45 mil millones en el 2030. En el caso de México, actualmente se registra un mercado del orden de 500 millones de dólares, estimándose que para el 2030 se multiplique cuatro veces, alcanzando los 2 mil millones de dólares.

Este crecimiento obedece a que los bioinsumos representan una alternativa al modelo actual de producción agrícola, herencia de la llamada Revolución Verde, que surgió en la segunda mitad del siglo XX, basado en el uso desmesurado de agroquímicos, particularmente de fertilizantes sintéticos, y que está poniendo en riesgo la habitabilidad del planeta.

Son la mejor alternativa, ya que los bioinsumos permiten:

  • Reducir el uso de agroquímicos
  • Bajar los costos de producción
  • Incrementar rendimientos
  • Ampliar los márgenes de utilidad
  • Regenerar los suelos e incrementar su capacidad para secuestrar bióxido de carbono

Estos beneficios representan, no sólo el aumento de la producción y la productividad, sino una sólida opción de combate al cambio climático.

En el caso de México, la adopción de los bioinsumos se ha venido dando por más de veinte años, acompañada de problemas y contradicciones que obstaculizan su desempeño. La falta de un marco regulatorio adecuado ha propiciado la proliferación de productos de dudosa o nula calidad, generando un alto riesgo sanitario y desconfianza hacia estas alternativas. Todo esto a pesar de que en nuestro país contamos desde hace décadas con el desarrollo científico y tecnológico que nos permite contar con soluciones biotecnológicas sólidas y confiables.

Esta falta de claridad ha dado pie a una serie de graves confusiones. Por ejemplo, en el caso de los biofertilizantes, se hace referencia lo mismo al estiércol de ganado que a productos biotecnológicos basados en microorganismos.

Esta incapacidad para definir, hasta los conceptos más elementales, ha permeado, tanto en los organismos responsables de crear los marcos regulatorios, como en los que se encargan de definir las políticas publicas para el fomento agropecuario del país. Por supuesto, todo este marasmo de confusiones y opacidad ha llegado al campo, donde los agricultores que buscan adoptar opciones tecnológicas confiables y seguras, se encuentran a ciegas.

Sin duda, nuestro país es un crisol de buenas prácticas agrícolas (algunas de ellas antiquísimas) que deberían ser rescatadas, incluso masificadas, a través de políticas públicas, como el composteo de residuos orgánicos, los cultivos intercalados, entre otras; sin embargo, promover la reproducción de microorganismos para producir biofertilizantes entre los productores, sin ningún rigor ni control, es dar un salto al vacío, donde, no solo se obtienen insumos de pésima calidad, sino que es altamente probable que se generen serios problemas de salud pública. Todo esto deriva en un descrédito a la tecnología e información científica que sustenta la producción de bioinsumos y los beneficios de su uso.

En el marco de los programas gubernamentales que se han venido desplegando desde el sexenio pasado para impulsar el uso de bioinsumos, especialmente entre pequeños productores, se ha optado por la estrategia de incentivar que sean los propios agricultores los que elaboren estos bioinsumos. Actualmente existen cerca de 20 mil unidades de producción de bioinsumos, llamadas “biofábricas”, distribuidas por todo el país. Sin embargo, los resultados obtenidos en más de 6 años de esta estrategia, en términos de producción, productividad, regeneración de suelos o sanidad, se desconocen hasta el momento.

No se puede negar este esfuerzo gubernamental, sin embargo, esta estrategia no ha tenido en cuenta la necesidad de garantizar que los productores cuenten con instalaciones adecuadas, equipo técnico y personal capacitado, que aporten confianza sobre la calidad y la inocuidad de los bioinsumos producidos.

Aunque considero que esta es una política acertada y que se tiene que impulsar para el conjunto del sector, no solo entre pequeños productores, resulta crucial crear el ecosistema adecuado, en el que, la vinculación entre el la investigación científica y la producción resulta clave.

A través de instituciones como la UNAM, el IPN, el CIVESTAV, la SECIHTI, la Universidad de Chapingo, el Colegio de Postgraduados, El INIFAP, las universidades estatales, etc., México cuenta con una amplia red de sólidas instituciones en materia de agro biotecnología, biofísica, bioinformática, y otras áreas del conocimiento que pueden ser grandes aliados para el proceso de transición emprendido; sin embargo, no existe una instancia que articule de manera efectiva, una vinculación entre ambos sectores (investigación-producción), y que se mueva en ambas direcciones, retroalimentándolos.

Con todo esto, México podría posicionarse como uno de los países que asuman un liderazgo mundial en la urgente transición de una agricultura depredadora, ineficiente y contaminante, a una más rentable y más sustentable.